Ese día me levanté emocionada por dos razones: era mi cumpleaños y además había conseguido la mayoría de edad. Dos motivos para sentirme contenta.

Escuché dos suaves golpes en la puerta de mi habitación y luego vi que se abría lentamente.  Era mi madre que, con su hermosa sonrisa, venía a saludarme y a pedirme que me levantara pronto porque papá me estaba esperando en el comedor principal para hablar conmigo.

Como todos los días, nuestra empleada, me había traído el desayuno a la cama. Pero hoy decidí saltármelo para no demorar a papá que debía estar esperando para saludarme antes de irse a su oficina. Me pareció extraño no escuchar el helicóptero que puntualmente venía a recogerlo cada mañana para trasladarlo directamente a la azotea del edificio que poseía en el centro de la ciudad.

¡Quizás papá haya decidido no trabajar hoy! Pensé ilusionada. Bajé a la sala dónde mi padre me estaba esperando sentado en la cabecera de la mesa junto a mamá y una valija.

Recuerdo claramente sus dos frases: Feliz cumpleaños María Elena. Te tienes que ir inmediatamente de casa.

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