Dejar la casa en 24 horas:

El avión tocó la pista del aeropuerto de Heathrow a las siete horas y cinco minutos de la mañana del miércoles dieciséis de diciembre de 1998. Había pasado casi catorce horas metida en un tubo de metal sin prácticamente comer nada. Me dolía la espalda, tenía las piernas entumecidas, los pies hinchados y estaba de pésimo humor.

La azafata de British Airways nos daba las gracias, de forma no muy convincente, por haber volado con la compañía. Mentalmente taché de mi lista otra posible profesión: no sería azafata.

Se supone que debía estar contenta de tener la posibilidad de visitar nuevamente el continente europeo. Para mí era la octava vez, aunque las anteriores las había hecho en compañía de mis padres, con quienes tuve la dicha de pasear por el mundo de vacaciones al menos dos veces al año desde que era una niña. Mi pasaporte tenía más sellos estampados de los que pudiera presumir cualquier adolescente. Pero yo sabía perfectamente que esos beneficios se habían terminado.

Mi mal humor no hacía más que crecer de sólo pensar que mi padre me había echado de casa unas horas antes, justo después de terminar el festejo de mi décimo octavo cumpleaños.

Mi madre, previamente, se había encargado de preparar una valija con una selección reducida de mi ropa, zapatos, zapatillas y algunos elementos que ella consideraba que yo iba a necesitar para mi viaje. Mi padre tramitó la compra de los pasajes de avión y gestionó el alquiler de un cuarto en una casa en el centro de Dublín.

Sobraban las explicaciones, debía partir inmediatamente. Por supuesto, también sabía que era en vano quejarse. No les había servido a mis dos hermanos mayores y tampoco me serviría a mí. Papá era una persona sumamente comprensiva y accesible, excepto en las cuestiones que él llamaba “no negociables”.

En menos de un santiamén estaba en el aeropuerto de Ezeiza, en Buenos Aires, despidiéndome de mis padres para después perderme a través del punto de control camino a las cabinas de inmigración.

Pasé los controles sin mayor problema y llegado el momento abordé la aeronave. Era la primera vez que volaba en clase turista. Camino a mi asiento asignado, pasé por la zona reservada para pasajeros de clase ejecutiva y miré con nostalgia los lugares que usualmente ocupábamos en los viajes con mis padres. Ahora debía conformarme con un asiento que apenas reclinaba, una cena de opciones reducidas: pasta o pollo, y la convivencia con un vecino a cada lado, ya que me había tocado el asiento de en medio en la parte trasera del avión.

Si tuviera que resumir la experiencia del vuelo en pocas palabras, diría que fue una verdadera tortura.